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Lunes 8 de julio de 2013, por Culturas y Desarrollo en Centroamérica

Las ONG en Centroamérica: autoimagen y gestión de recursos

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Al inicio de los años noventa predominaba un clima bastante optimista sobre el papel de las ONG en Centroamérica. Un trabajo de esos días, basado en una consulta entre organismos, veía posible construir un “nuevo proyecto popular” en la región. Se vivía todavía la euforia de los procesos nicaragüense, salvadoreño y guatemalteco, que señalaban roles muy definidos para las ONG:

«Las ONG deben verse como una intelectualidad orgánica que a diferencia de los tradicionales partidos de izquierda, tienen capacidad de captar recursos, tienen posibilidad de financiar su quehacer y por ello están en condiciones de generar propuestas alternativas, dejar de escudarse en la expresión de las organizaciones populares y romper el silencio.

Las ONG deben salir a la palestra de la discusión política con propuestas renovadas y bien fundamentadas. Esto implica reconocer su propia identidad y así será más fácil definir una relación clara con el movimiento popular. Una relación que debe ser de doble vía: facilitando procesos de negociación con instancias del Estado y con canales de financiamiento.» (CECADE 1990:7).

Era una lectura muy optimista y segura de que las ONG tenían capacidades para la gestión de recursos. No había datos objetivos que la fundamentaran, era una suposición; se daba por sentado que la cooperación externa había llegado para quedarse en estas latitudes, que sería un respaldo siempre presente para los proyectos de las ONG.

Una década más tarde, los discursos muestran más realismo. Se considera a las ONG como una parte de la sociedad civil, que contribuye a su fortalecimiento para la incidencia en políticas públicas y que tienen un importante papel en la articulación de alianzas internacionales. Se está viviendo ya en el marco de la globalización y las ONG, conectadas con la cooperación internacional, establecen relaciones políticas además de financieras.

«Las ONG están llamadas a jugar un papel importantísimo en el fortalecimiento de capacidades para que las OSC puedan involucrarse activamente en el diseño de políticas y monitoreo de los programas macroeconómicos y sectoriales y de su aplicación a nivel local. Pero esto significa dejar de trabajar al margen del Estado y de los gobiernos y crear espacios de diálogo y de más fuerte articulación con instancias del Estado.» (Reuben 2000:90).

Es decir, las ONG pierden la centralidad que tenían diez años antes, pero también la gestión de los recursos deja de ser el solar seguro que se pintaba; se toma conciencia de la dependencia y de las limitaciones que imponía.

«El tema de la sostenibilidad de nuestras instituciones y de nuestro quehacer es uno de los más polémicos y discutidos de este contexto. Los puntos de partida para ello son claros: de una parte está la creciente limitación en el flujo de recursos de la cooperación internacional; pero del otro lado, y más importante aún, está la exigencia propia de superar una vulnerabilidad muy grande como es la dependencia del recurso externo y de sus distintas condicionalidades.» (Ballón Echegaray 2000:262).

En la siguiente década, la mayor parte de ONG intentó diversas formas de ampliar sus fuentes de recursos, sobretodo generar recursos propios, pero su apuesta fundamental continuó siendo los aportes de la cooperación internacional. La movilización de recursos propios, en la mayoría de los casos, siempre fue marginal.

Es importante indicar que, en el encuentro en Nicaragua del año 2000, al que hemos hecho referencia, destacaron propuestas que señalaban la necesidad de pasar a otras modalidades de gestión de los recursos, formando redes de ONG, trabajando en proyectos conjuntos, preparando propuestas consensuadas ante la cooperación. Pero estas sugerencias fueron apenas escuchadas, el grueso de organizaciones se mantuvo fiel a la cultura de relaciones bilaterales con la cooperación que les ayudó a nacer y desarrollarse.

En suma, las ONG modificaron su autoimagen con respecto a veinte años atrás, pero no modificaron sus modalidades de gestión de recursos, no buscaron formas más creativas de relacionarse con sus entornos, no adecuaron sus aparatos institucionales, ni formaron bloques para fortalecer su posición. En la actualidad, las restricciones de la cooperación están ahogando a muchas organizaciones. El sector de ONG se va debilitando progresivamente, sin poder ofrecer resistencia inteligente a las otras tendencias adversas del entorno.

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